Mariano Prado, docente de universidades patagónicas, advierte que la mejora estadística de la pobreza no refleja la precarización laboral y la pérdida de bienestar en los hogares, un fenómeno que denomina ‘uberización’ del mercado de trabajo.
Frente a la mejora relativa en los índices de pobreza a nivel país, con una reducción de 10 puntos en el segundo semestre del año pasado, el sociólogo Mariano Prado, docente de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral y de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, puso el foco en un fenómeno que no siempre aparece reflejado en las estadísticas: la degradación de las condiciones de vida, incluso cuando algunos números parecen mejorar.
Retomando una reflexión del académico Agustín Salvia, Prado sintetizó la paradoja en una frase: «Bajó la pobreza y nos estamos empobreciendo». Detrás de esa idea aparece un proceso más profundo, vinculado a la creciente «uberización del mercado de trabajo». Según Prado, la baja en los índices de pobreza registrada en el segundo semestre de 2025, al bajar del 38 al 28%, debe leerse con cautela. Se trata de una «foto» tomada en un momento particular, influida por una desaceleración transitoria de la inflación, pero que no logra capturar la dinámica real de los últimos meses.
El problema, según evaluó, es estructural. La sociedad muestra signos de fragmentación y polarización crecientes, donde el ingreso por sí solo ya no alcanza para describir la situación de los hogares. En ese sentido, señaló la existencia de un amplio sector que, aunque supera la línea de la Canasta Básica, vive en condiciones de restricción permanente. «Hay personas que no son pobres en términos estadísticos, pero no llegan a fin de mes», explicó. Se trata de familias que cubren lo esencial, pero quedan excluidas de cualquier consumo asociado al bienestar, como el esparcimiento o la cultura.
El concepto de uberización aparece como una clave para entender este nuevo escenario. Lejos de representar una elección de flexibilidad laboral, Prado lo definió como una respuesta forzada frente a la pérdida de empleo formal y el deterioro de los salarios. «Lo habíamos hablado al analizar la pérdida de empleo en el sector del petróleo», recordó, a propósito de un informe publicado por ADNSUR. Este fenómeno se expresa de dos maneras principales. Por un lado, como ingreso único para quienes quedaron fuera del mercado laboral registrado. Por otro, como complemento indispensable para trabajadores formales que ya no logran sostenerse con un solo salario.
En la región, el ejemplo resulta concreto: mientras un empleo registrado, en determinados sectores, puede rondar los $800.000, el costo de vida para una familia tipo supera ampliamente ese monto. La diferencia obliga a buscar alternativas, muchas veces en condiciones precarias. La consecuencia directa de este proceso es un cambio en la calidad de vida. La «uberización» implica jornadas más extensas, menor estabilidad y la ausencia de derechos laborales básicos. «El ingreso se destina casi exclusivamente a pagar servicios, alimentos y gastos fijos», describió Prado. En ese marco, prácticas cotidianas que antes formaban parte de la vida —como salir a comer en un restaurante, ir a un recital o realizar otras actividades recreativas— quedan relegadas.
A esto se suma otro aspecto clave: los nuevos empleos que se generan, en muchos casos, no ofrecen cobertura social ni previsional. Se trata de trabajos bajo modalidades como el monotributo o plataformas digitales, que profundizan la precarización. Para Prado, el desafío es ampliar la mirada sobre la pobreza y dejar de reducirla a un indicador. La situación actual exige pensar en términos de pobreza multidimensional, donde se incluyan las condiciones reales de vida. «El trabajo dejó de ser el gran organizador social», advierte. Tener empleo ya no garantiza salir de la vulnerabilidad, y la expansión de formas laborales precarias da cuenta de ese cambio.
En ese contexto, concluyó, resulta necesario observar no solo los números, sino también cómo viven las personas. Porque implica mucho más que alimentarse, vestirse o pagar servicios. Sin un proceso sostenido de inversión y generación de empleo de calidad, la desigualdad seguirá profundizándose, aunque algunos indicadores muestren mejoras circunstanciales.
