Veterinarios y etólogos advierten que forzar paseos con correa puede generar estrés y problemas de comportamiento en felinos. La clave está en evaluar el temperamento de cada animal.
Muchas personas experimentan un sentimiento de culpa al observar a su animal mirar con nostalgia a través de la ventana. La idea de que vivir entre cuatro paredes es una «cárcel» impulsó una tendencia creciente: el uso de correas y arneses para gatos. Sin embargo, lo que para un humano parece una aventura liberadora, para el animal puede transformarse en una pesadilla sensorial. Veterinarios y etólogos advierten que, a diferencia de los perros, el gato no siempre encuentra placer en la exploración exterior supervisada, y forzar esta actividad puede acarrear graves problemas de comportamiento.
Los orígenes biológicos tanto de un perro como de un gato y sus estructuras sociales son diametralmente opuestos. Mientras que el perro es un animal cursorial y social que busca la validación y seguridad en su grupo, el gato es un depredador solitario que, a su vez, se siente presa potencial.
Víctor Algra, veterinario, aseguró: «Hay gente que todavía piensa que un gato es un perro pequeño, pero estos paseos pueden ser más estresantes que divertidos». El núcleo del conflicto reside en el control. El gato necesita dominar cada rincón de su entorno para sentirse a salvo. Al ser extraído de su zona de seguridad y atado a una correa, pierde lo que Jaume Fatjó, etólogo especializado, denomina el «sentido de agency».
«El sentido de agency significa que el animal puede decidir lo que hace en cada momento», explicó Fatjó. Al ir sujeto, si el animal detecta un estímulo amenazante, se le priva de su mecanismo de defensa natural: la huida hacia un lugar seguro. Esta imposibilidad de escape genera niveles de frustración y ansiedad que pueden derivar en traumas a largo plazo.
Otro factor determinante es la interacción con otros de su especie. Carlos Rodríguez, veterinario, aclaró que los gatos son seres sociales facultativos. En libertad, forman colonias por supervivencia o abundancia de recursos, pero fuera de ese entorno conocido, cualquier otro gato es percibido como un competidor.
«Tu gato no saldrá a la calle y saludará a otro gatito con la pata para jugar», señaló Rodríguez. Lo más probable es que se produzca un conflicto territorial donde un animal atacará y el otro defenderá su posición, generando un estrés innecesario para un animal que, en teoría, salía a «disfrutar».
La calle no solo representa un desafío psicológico, sino también una amenaza real para la integridad física del animal. La exposición a patógenos es mayor. Enfermedades graves, como la inmunodeficiencia felina, se transmiten mediante agresiones, y parásitos como los coccidios acechan en charcos o tierra contaminada.
Cuando un gato no está habituado y se ve sobrepasado por el exceso de información sensorial —ruidos de motores, olores desconocidos, movimientos bruscos—, puede entrar en un estado de pánico agudo. En este punto, el animal pierde el control y su único objetivo es zafarse del arnés. Esto puede provocar lesiones físicas por tirones o intentos desesperados de escape, pérdida si logra soltarse en un entorno desconocido, y agresiones redirigidas hacia el tutor.
A pesar de las advertencias, no existe una prohibición absoluta. La clave reside en la individualidad de cada animal. Laia Salvador, educadora felina, enfatizó la importancia de evaluar el temperamento: «Hay muchos gatos que no tienen ningún interés en salir; a esos, no los sacamos».
El candidato ideal para el paseo es un animal valiente, curioso y con una alta resiliencia ante estímulos nuevos. Lo ideal es comenzar este proceso durante el periodo crítico de socialización (entre las 2 y 9 semanas de vida). Durante esta ventana, el cachorro asimila las experiencias positivas como parte de su normalidad. Un animal que se acostumbra al arnés y al exterior desde temprano podrá disfrutar de la actividad siendo adulto. No obstante, para un gato que pasó años en interiores, la transición puede ser excesivamente traumática.
Si se decide proceder, la improvisación no tiene cabida. El entrenamiento debe ser gradual y comenzar siempre dentro del hogar: asociación positiva colocando el arnés en casa y premiando al animal con comida de alta palatabilidad; el equipo adecuado no basta con una correa, se requiere una mochila de transporte que funcione como «base de operaciones»; la mochila permite que el animal observe el entorno desde un lugar protegido; y los entornos controlados deben ser lugares silenciosos, preferiblemente jardines privados o zonas verdes sin presencia de perros, y siempre en horarios de baja actividad humana.
Finalmente, es vital desmitificar la idea de que el paseo sustituye la necesidad de juego en casa. Un animal que sale 20 minutos a la calle todavía pasa 23 horas y media en el interior. Muchos problemas de conducta surgen cuando el tutor cree que, por haber salido, el animal ya no requiere enriquecimiento ambiental. Verticalizar el espacio con estanterías, ofrecer escondites y fomentar el instinto de caza mediante el juego son herramientas mucho más seguras y efectivas para garantizar la felicidad de un gato que obligarlo a enfrentarse a un mundo exterior para el que, en muchos casos, no está preparado.
