Annie: quiénes son las tres niñas que protagonizan la comedia musical y empiezan a cumplir su gran sueño

Las trenzas coloradas rebotan en el escenario mientras una nena de sonrisa enorme canta que mañana será un día mejor. Detrás de ese momento que parece puro brillo hay horas de ensayo, viajes en auto, meriendas a las apuradas y familias enteras empujando un sueño. Así late Annie, el musical que llega al Teatro Broadway el 19 de marzo de la mano de los mismos productores de Tootsie y Rocky, una superproducción que promete estar a la altura de un espectáculo internacional y contar una historia en la que, incluso en los días más oscuros, la esperanza encuentra la manera de colarse.

El clásico del teatro musical gira alrededor de una nena que vive en un orfanato dominado por la temible Miss Hannigan, interpretada por Lizy Tagliani. Su destino cambia cuando conoce a Grace Farrell, la secretaria del millonario Oliver Warbucks, papeles a cargo de Julieta Nair Calvo y Miguel Ángel Rodríguez. Ese encuentro en la mansión desencadena una aventura llena de giros, canciones y descubrimientos.

En el camino, Annie busca a sus padres biológicos, pero la historia termina revelando que el amor incondicional y la familia también pueden elegirse.

Esa idea -la de que siempre hay una segunda oportunidad y que el optimismo puede cambiarlo todo- es el corazón de la obra y también el mensaje que atraviesa lo que ocurre detrás del telón.

Porque si arriba del escenario la historia habla de esperanza, abajo del escenario esa palabra se vuelve algo muy concreto para las familias que acompañan, niñas que entrenan con disciplina y un equipo creativo que insiste en algo fundamental para que todo funcione: que ellas sigan siendo niñas y que, antes que nada, jueguen.

Tres niñas, una misma Annie

Las protagonistas de esta versión son tres chicas que se alternan en el rol principal: Emma García Torrecilla, Paloma Leila Coso Ferro y Loana Muriel Martínez. Tienen entre 9 y 12 años, historias distintas y el mismo brillo en los ojos cuando hablan del musical. Para ellas, formar parte de Annie es mucho más que un papel: es la materialización de algo que venían soñando desde muy chicas.

Emma, que hoy tiene nueve años y más experiencia con otros musicales, recuerda que su vínculo con el escenario empezó casi como un juego en su casa. Su mamá solía mostrarle videos de chicos bailando o actuando, hasta que un día la conversación cambió de tono.

Mi mama me preguntó si quería ir a ver una obra y yo le dije que no, que yo quería estar en la obra”, contó en dialogo con Clarín, con la seguridad y la determinación que parecen ser parte natural de su personalidad.

Con el tiempo empezó a tomar clases y, después de ver la película de Annie tantas veces que se la sabe de memoria, armó una especie de función casera para su familia española. Cuando se enteró de que abrían audiciones para el musical, no dudó, quería estar ahí.

Paloma, que tiene doce años, llegó al teatro musical porque su infancia estuvo llena de películas musicales y canciones que repetía frente a la televisión. “Veía Frozen y todas esas pelis con música y pensaba: ‘Yo quiero cantar y bailar’”, recuerda.

De hecho, hace un tiempo se le presentó la oportunidad de participar en una obra, pero en ese momento el miedo le ganó. Esta vez fue distinto. Se presentó a la audición para vivir la experiencia y terminó quedándose con uno de los papeles más emblemáticos del género. “No me lo esperaba para nada”, admitió. “Cuando me dijeron el personaje pensé: ‘¿Qué? ¿En serio?’”.

La tercera Annie es Loana Martínez, también de nueve años, y es su primer musical, al igual que Paloma. Baila desde los dos y el año pasado incluso ganó un Martín Fierro de la danza.

El teatro musical apareció después y la atrapó enseguida. Su mamá todavía se emociona cuando recuerda la audición: ella se preparó sola, se maquilló, eligió una malla rosa que tenía guardada y salió a probar suerte. “Ahora dice que está viviendo un sueño”.

El sueño que empieza en casa

Detrás de ese sueño, sin embargo, hay un trabajo enorme que muchas veces queda fuera de escena. Las madres y padres coinciden en que el proceso implicó viajes, cambios de rutina y una logística familiar que se reorganizó para acompañar a las chicas.

Hay un esfuerzo de todas las familias, ya sea por el trabajo o por los viajes”, explicó la mamá de Emma. “Pero hay mucho amor detrás de todo eso. Después las ves ahí arriba y sentís que valió la pena”.

El camino hasta el escenario fue largo. Antes de elegir quién interpretaría a cada personaje, unas treinta niñas participaron durante meses de un proceso de formación intensivo.

Dos veces por semana se reunían durante cuatro horas para entrenar canto, actuación y coreografía. No había roles definidos todavía, todas trabajaban como grupo, aprendiendo juntas. “Era como una escuelita”, recuerdan las familias. Recién después de ese período llegó la selección final.

Ese método respondía a una idea que el equipo creativo repitió desde el primer día: en Annie no hay una sola protagonista. Aunque la historia lleve el nombre de una nena, todos los personajes construyen el relato.

Esa mirada colectiva marcó también el clima de trabajo y la forma en que las chicas viven la experiencia.

Las propias protagonistas dicen que el proceso fue tan importante como el resultado. Paloma, por ejemplo, cuenta que antes cantar y bailar al mismo tiempo le parecía “re difícil, una locura”, pero con los ensayos en los que le enseñan «tranquilos, con mucha paz», ganó confianza vocal y hoy se siente preparada para pararse en el escenario del Teatro Broadway.

Emma también siente que cambió mucho durante la preparación. Cuenta que aprendió a concentrarse más, a entender qué está haciendo cuando actúa y a sostener el personaje con mayor seguridad.

Pero lo que más destaca es el clima de trabajo. “Nos enseñaron un montón y siempre con mucha paz”, dice. “Todos son muy buenos con nosotras”.

El mensaje que atraviesa la historia

Esa experiencia termina dialogando con el mensaje central del musical. Annie es una chica que atraviesa momentos difíciles pero nunca pierde el optimismo.

Para Emma, esa enseñanza es la que más la conecta con el personaje. “La vida puede tener momentos feos, pero nunca hay que dejar de ser bueno con la gente”, explica. “Si hacés eso, la vida siempre te devuelve algo lindo”.

Paloma coincide y pone otro ejemplo de la historia. Dice que lo que más le gusta de Annie es que nunca se queda en la queja. “No dice ‘qué pena, hoy no tengo para comer’. Dice ‘bueno, hoy no tengo, pero mañana seguro voy a tener’. Siempre busca lo bueno en lo que le pasa”.

Las familias también lo sienten así. Sostienen que la obra deja un mensaje de esperanza que funciona tanto para chicos como para adultos. Un mensaje que habla de sueños, pero también de perseverancia.

Quizás por eso el clima detrás del musical se parece más a una comunidad que a una competencia. Las chicas se apoyan entre ellas, celebran los logros de las otras y entienden que el escenario se construye en conjunto. De hecho, en sus propias palabras aparece una idea que se repite varias veces: disfrutar.

El mañana que imaginan

Con tan corta edad y un largo camino por delante, que todo indica será prometedor, las chicas ya imaginan los personajes que les gustaría interpretar en el futuro.

Emma, por ejemplo, sueña con ponerse algún día en la piel de Floricienta. Cuenta que le encanta por su espontaneidad y por la manera en que el personaje transmite alegría, algo que admira de Florencia Bertotti.

Además, dice que le gustaría seguir siendo actriz, cantante y bailarina. Pero aclara que para ella la fama no es lo importante. “A mí lo que me importa es seguir disfrutándolo”, dice. “Porque si no disfrutás lo que hacés, no tiene gracia”.

Paloma, en cambio, mira hacia los cuentos clásicos y se imagina algún día interpretando a Rapunzel, otro de los roles que la fascinan dentro del universo musical.

En el escenario, Annie canta que el sol va a salir mañana. En los pasillos del teatro, entre mochilas, madres orgullosas y niñas que todavía viven todo como una aventura, esa frase suena menos como una canción y más como una forma de mirar la vida.

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