Carlos March: Cuando confrontan dogmas, la palabra pierde significado y se impone el odio

“La naturalización del daño es una de las características fundamentales de las sociedades modernas y debe ser revertida, porque, además de anular el paradigma del cuidado basado en el propio, el del cercano, el del lejano, el del extraño y el del planeta, da marco al paradigma del éxito sostenido en la acumulación de dinero, en la concentración de poder y en el culto al personalismo”, plantea Carlos March, exdirector ejecutivo de Fundación Poder Ciudadano (2000 a 2005), referente argentino de la sociedad civil y actual director del área Futuros en Fundación Avina Latinoamérica.

La cita corresponde a Democracia bipolar, un libro que publicó en 2021. Leída hoy resulta premonitoria de un presente social y político convulsionado que afecta a muchos países del mundo, incluso con democracias avanzadas, y que acaso aplique también al nuestro. Aquel volumen, junto con La potencia del talento no mirado (2020, en coautoría con Andrea Vulcano) y Dignidad para todos (2009, con ilustraciones de Tute) entre otros trabajos, integra una serie de publicaciones donde el ojo analítico de March diagnostica y revela el potencial de las iniciativas articuladas por gente de a pie, tanto en la región como en el mundo.

De cara a tiempos globales complejos, donde el ciudadano común puede aspirar a soluciones concretas solo si aprende a tejer los lazos colectivos imprescindibles para equilibrar el individualismo extremo, la perspectiva de March resulta didáctica y, con las salvedades del caso, esperanzadora. Pero él no es sólo un autor teórico; ha participado en incontables acciones colaborativas, involucrándose, inspirando e impulsando alianzas sinérgicas de bien público con efecto transformador y sustentable frente a estructuras frecuentemente obstructivas.

“Cuando no hay participación se delega poder y las democracias se convierten en autocracias”, sostiene en conversación con este diario. Desde Chile, país al que fue enviado por Avina (fundación de la que es parte hace ya dos décadas) a ejercer una dirección específica y del que volverá hacia fin de este año para retomar tareas locales, comparte una perspectiva distinta: creativa, no convencional, y fundamentalmente propositiva.

-Fuiste director de una organización emblemática como Poder Ciudadano y hoy estás en Avina, trabajando también en función del desarrollo colaborativo ¿Cómo fue evolucionando tu mirada sobre la democracia, sus límites y posibilidades, a lo largo de ese recorrido?

-Creo que tu pregunta plantea el problema que no logramos resolver: ni mi mirada ni la de quienes tienen verdadero poder de decisión sobre la democracia tuvieron un recorrido de verdadera evolución, y mucho menos de innovación, en los últimos treinta años. Y esto es grave, porque la evolución de la democracia, como cosmovisión que nos organiza colectivamente, depende de la acumulación de innovaciones (derecho romano, libertad de conciencia, derechos humanos, derechos de minorías, alternancia en el poder, voto femenino, igualdad de género). Las sociedades tienen que definir cuáles son las innovaciones que necesita la democracia del Siglo XXI, pero el gran problema es que los espacios para ese intercambio no existen. La arquitectura cívica y la ingeniería institucional que nos organizan colectivamente son anacrónicas en relación con el avance tecnológico. ¿Qué tipo de burocracia estatal o regulación de la digitalidad se necesita hoy? Frente a la complejidad social, ¿cuál es la familia tipo en la actualidad? En cuanto a las condiciones de acceso igualitario a oportunidades, ¿cuál es el sistema educativo que construirá las sociedades inclusivas de los próximos veinte años? Y si hablamos de vulnerabilidad frente a la corrupción y el delito organizado, ¿cómo se blinda al Estado-Nación de la ilegalidad local o transnacional? Frente a los desafíos que presenta la evolución del sistema democrático no hay evolución en la mirada, o porque nos aqueja una ceguera en materia de innovación, o porque estamos mirando para otro lado.

-¿De qué hablamos concretamente cuando decimos “innovación democrática”? ¿Qué la diferencia de las formas clásicas de participación ciudadana?

-Se pueden mencionar casos bien concretos de innovación democrática que promueve participación cívica, porque los hay. Pero el problema es que no logran convertirse en políticas de Estado y suelen verse obstruidas por un contexto hostil. Ahora mismo, para dar un ejemplo contundente, la Fundación Pro Vivienda Social, en Moreno, que en los últimos quince años llevó gas natural a las barriadas populares organizando a la comunidad para que conectaran sus viviendas a la red troncal a través de un mecanismo innovador como el fideicomiso vecinal, instrumento que el Estado municipal debería convertir en política pública, generó un ahorro de hasta ocho veces en el precio que pagaban miles de familias de segmentos vulnerables por el consumo de gas envasado. Sin embargo, se juntaron cinco gasistas buitres y un abogado carancho, y demandaron a la fundación por relación de dependencia encubierta: algo absurdo, porque los gasistas fueron contratados como monotributistas por los vecinos y nunca facturaron a la fundación. Pero la Justicia laboral condenó a la organización a pagar 160 millones de pesos, monto imposible de afrontar para una entidad sin fines de lucro. El contexto hostil, en este caso la falta de regulación laboral adecuada, no solo provocará el cierre de una organización social de base, sino que eliminará para siempre un instrumento de inclusión social como el fideicomiso vecinal. Entonces, concretamente, la innovación democrática requiere que la sociedad civil pueda afrontar tres desafíos: primero, pensar formatos creativos de participación ciudadana; segundo, convertirlos en políticas de Estado para que perduren y logren escala, y tercero, blindarlos del contexto hostil que los rodea.


Una buena parte de la sociedad civil argentina, y diría que de la sociedad civil occidental, está enojada, reactiva, y cuando te enojás perdés capacidad propositiva


¿Cómo evaluás hoy el estado de la sociedad civil argentina? ¿Está debilitada? ¿Más fragmentada? ¿Está pasando por alguna mutación?

-Una buena parte de la sociedad civil argentina, y diría que de la sociedad civil occidental, está enojada, reactiva. Y cuando te enojás, dejas de ser estratégico porque actúas desde impulsos emocionales. Perdés, además, capacidad propositiva, lo cual requiere salir del lamento por los escombros de lo que se derrumba y comenzar a analizar los cimientos de lo que emerge. Para eso tenemos que incorporar la ruptura como herramienta de gestión y, entendiendo que lo anterior ya no existe, identificar lo que irrumpe buscando generar oportunidades para la acción. El que logre aplicar la fórmula “ruptura más irrupción” va a encontrar la manera de mutar, para usar tu término, de convertirse en pilar de lo nuevo. Quienes sigan enojados y perduren en el lamento, se van a convertir en sus propios escombros.

Democracia bipolar, tu último libro, resuena desde el título como un presagio de la polarización política llevada a extremos inesperados, una tendencia que en la Argentina del siglo XXI empieza con el kirchnerismo y se continúa con el actual gobierno. ¿imaginabas lo que vendría?

-Ya varios autores venían sosteniendo que el problema de la polarización estaba en la decisión de confirmarse dentro de un espacio que responda a la necesidad individual de pertenencia, más que de informarse y entender críticamente cuál es el espacio para sumarse a la construcción grupal. Cuando perdemos sentido crítico, el paradigma, que es una manera de abordar la verdad, pero no la única, se convierte en dogma. Es decir, en aquello que no puede discutirse. A esos grupos dogmatizados de izquierdas o de derechas se les suma un nuevo contexto: hasta hace diez o quince años no había choque posible, porque la batalla cultural en el espacio público la daba el progresismo, mientras que los actores del poder y la riqueza incidían desde el lobby subterráneo. Ahora, la ultraderecha, convertida en una franquicia global de disputa de poder, tomó también la estrategia de librar su batalla cultural en los espacios públicos, convirtiéndolos en espacios de confrontación. Y cuando se confrontan dogmas, la palabra pierde sentido y significado y se impone el tono, es decir, la burla, el odio y el desprecio que señalás.

-Chile atravesó en pocos años estallido social, proceso constituyente y frustración institucional. Habiendo vivido parte de esa secuencia como habitante de ese país, ¿qué lecciones crees que deja ese recorrido para el resto de la región?

-Chile es una muestra de la importancia de contar con un marco institucional definido que, más allá del gobierno de turno, nadie rompe ni vulnera. Y, a su vez, la sociedad transita por el camino del centro. Un ejemplo es que rechazó ambas reformas constitucionales porque consideraron que se habían ido a los extremos. Otro ejemplo: acaba de elegir presidente a José Antonio Kast, que entre las tres opciones de derecha, se ubicaba en la góndola del centro, si consideramos a Johannes Kaiser en la extrema derecha y a Evelyn Matthei en la derecha tradicional.


La participación cívica más allá del acto electoral es imprescindible; es necesario el aporte de la ciudadanía a la construcción colectiva de bienes públicos


-A la luz de las tendencias emergentes que reivindican el esfuerzo individual por sobre el colectivo, ¿la solidaridad, lo social, lo plural, han pasado a ser conceptos perimidos para buena parte de la humanidad? ¿Es un giro ideológico o moral el que estamos atravesando?

-Mark Carney, el primer ministro de Canadá, cuyo discurso reciente en Davos fue tan celebrado en el mundo, no lo dice con estas palabras, pero invita a desarrollar un concepto que en Fundación Avina venimos trabajando hace un par de años, la “geopolítica colaborativa”, que recupera los valores de solidaridad y pluralidad que vos mencionás y que son medulares para reducir las asimetrías de poder, en un contexto donde la concentración de poder es la materia prima en disputa por parte de gobiernos y corporaciones en la definición del nuevo orden mundial. Donde más se destacan las asimetrías de poder y el individualismo es en el mundo de la digitalidad y en lo que Yanis Varoufakis, el exministro de economía de Grecia, intelectual, economista y reciente fundador del llamado “Movimiento Democracia en Europa 2025”, define como “tecnofeudalismo”. A eso, hay manera de contrarrestarlo: la colaboración, lejos de estar perimida, puede ser aplicada geopolíticamente para distribuir poder en los territorios físicos y en la digitalidad entendida como territorio. Desde la sociedad civil estamos impulsando acciones concretas para demostrarlo.

-Yendo a las formas y recursos organizativos de la sociedad civil, los países nórdicos son los más activos, pese a tener, al mismo tiempo, estados de fuerte densidad e inserción pública. ¿Esto tiene que ver con los recursos o es una cuestión de idiosincrasia cultural? Suele decirse que en la región somos muy creativos pero carecemos de medios…

-Te lo respondo con el caso de Arbusta, una empresa que presta servicios de tecnología, cuya historia está contada en el libro La potencia del talento no mirado. Sus fundadores descubrieron que la creatividad o el talento es una capacidad distribuida en todas las capas sociales, pero lo que no está distribuido son las herramientas y espacios para visibilizar y potenciar ese talento. Arbusta decidió ir a buscar el talento a los segmentos más vulnerados de los conurbanos de Buenos Aires, Rosario, Montevideo y Medellín, priorizando la capacitación y contratación de madres jefas de hogar de entre 18 y 25 años. Ahí tenés un ejemplo increíble de cómo podemos ser creativos también para generarnos los medios.

-Para el ciudadano común, sin participación activa en una ONG, ¿qué formas concretas de acción existen hoy más allá de votar cada dos o cuatro años?

-Precisamente, la única forma concreta, si no querés delegar poder, es participar más allá del voto. Desde los espacios y formatos que cada uno quiera y en las agendas que lo motiven. Pero la participación cívica más allá del acto electoral es imprescindible; de otro modo, rompés el sentido esencial de la democracia, que consiste, por un lado, en ejercer el poder de control sobre el representante y, por el otro, en el poder del aporte de la ciudadanía a la construcción colectiva de bienes públicos, porque el sistema democrático es un modelo de delegación y de representación, pero no de poder. Por eso, cuando no hay participación se delega poder y las democracias se convierten en autocracias. El problema en Latinoamérica es que recuperamos las democracias, pero no aprendimos a ser demócratas. El sistema educativo no nos forma para ser ciudadanos, al contrario, promueve la ignorancia cívica.

-Sabemos que volvés a la Argentina hacia fin de año y tenés proyectos específicos en el plano de la sociedad civil. ¿Cuáles son?

-Junto a algunas y algunos referentes con quienes venimos trabajado articuladamente en diversos espacios desde hace mucho estamos pensando en acciones para recuperar un espacio que se ha perdido. Esa pérdida se produjo a partir de diversos factores: medidas de gobiernos que traban el desarrollo de la sociedad civil, falta de marcos legales, fiscales y laborales adecuados, reducción del financiamiento. Pero la recuperación a la que aspiramos va a ser de forma inorgánica, donde la estructura sea nuestra voluntad, donde lo que avale cada decisión sea la confianza mutua y donde el protagonista sea el impacto anónimo. Si a la política la mata la corrupción, a la sociedad civil la está matando la mezquindad, que es el equivalente a la corrupción en aquellos lugares donde no hay poder ni dinero.

Carlos March, director de Futuros de la fundación Avina

Impulsor de la participación ciudadana

Carlos March, periodista, integra el equipo de Fundación Avina Latinoamérica desde 2005. Allí dirige el área Futuros, actualmente con base en Chile, y lidera la iniciativa InnContext (Innovando Contextos)

-Fue presidente de la Fundación Compromiso, de Fundes Argentina y de la Fundación Facultad de Agronomía de la UBA. Integra seis consejos directivos de distintas organizaciones sociales argentinas

-Fue director ejecutivo de Fundación Poder Ciudadano entre 2000 y 2005

-En 2009 publicó Dignidad para todos (Ed. Temas), con ilustraciones de Tute; en 2020, La potencia del talento no mirado, en coautoría con Andrea Vulcano (Ed. Temas) y en 2021 Democracia bipolar. Un aporte a las innovaciones para la democracia del siglo XXI (Ediciones Irradia – Avina).

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